Premios Literarios 2021: publicamos los trabajos seleccionados

Covid: Tempestad, niebla y soledad infinita

* Por Manuel Alfaro Villegas

Caía una gota en la distancia, sería la millonésima gota que había escuchado caer en el baño aquella noche, debía reparar esa pérdida pero ahora no podía, estaba aislado. Hace 3 días había perdido el olfato y había comenzado con cefalea y febrícula, no había dudas, estaba infectado.

Decidió aislarse en una dependencia de servicio que tenía en el fondo de casa, la cual estaba constituida por una habitación y un baño, no podía poner en riesgo al resto de su familia. Otra vez la gota, insistentemente molesta, antes no había percibido ese detalle, ahora lo sentía como un reloj que contaba los segundos de su aislamiento.  La segunda noche se le había hecho eterna, la soledad infinita.

Hasta hace poco, en la vorágine de la rutina de su trabajo en el hospital en el cual desempeñaba sus tareas, no se había dado cuenta de lo importante y trascendente que era la comunicación con su familia, cara a cara, de un abrazo, de un buen día en vivo y en directo, de un adiós, sin una pantalla interpuesta.  Tiempo atrás había pensado que la tecnología había venido a remplazar todo eso, que una videollamada acercaba muchísimo, sin dudas, pero evidentemente no tanto como una profunda mirada a los ojos, ¡Jamás! Otra vez la cadencia de la gotera hacía notar que el tiempo se hacía largo, muy largo y lento.

La ansiedad, la angustia, la incertidumbre de la evolución se hacía notar. Ese día había comenzado con intenso dolor muscular, mucho cansancio, le habían llevado la comida a la puerta y había intentado comer algo, pero no sentía olor ni sabor a nada, mejor era intentar dormir, que el tiempo pasara.  Cada tanto sonaba un mensaje en el celular que a veces leía y otras no,  algunas eran noticias tristes del deterioro de salud de un querido colega del hospital que llevaba luchando con este virus más de 20 a 30 días (no recordaba) pero que decididamente se había agravado al límite.  Otros mensajes de aliento… al rato, ¿minutos? ¿horas?  Otras malas noticias, una compañera delicada, los padres de otra compañera de trabajo graves… ¡Maldito virus! Maldito. Perdida, incertidumbre, tristeza profunda.

El día octavo de la evolución, la situación se había hecho rutinaria, la gota con su golpeteo continuaba implacable, persistía el dolor de cabeza, pero comenzaba la tos y una leve falta de aire. Por esos momentos acudía sin ser llamado el miedo, el temor, el terror a la evolución desconocida, también una tristeza profunda, indescriptible, indecible por la noticia de la pérdida del querido colega Raúl, una tempestad de sentimientos indescriptibles, llanto inconsolable.

El día doceavo la cefalea había cedido, persistía una tos seca, el apetito lentamente volvía, no así el olfato. La tristeza y la soledad se habían hecho carne, el miedo irracional, faltaba poco para el alta, sus otros compañeros de trabajo estaban aislados y ni bien se cumplieran los quince días debía volver a cumplir sus tareas en el hospital, era su deber.  Los últimos días se habían hecho llevaderos pero monótonos, tristes, borrosos, sin límites entre unos y otros.

Sonó el teléfono, se despertó, era el médico de la ART, le había dado el alta, ¿le había dado el alta? Llevaba 15 días entre postrado, quieto e inmerso en su mente y sus pensamientos, ¡podía salir!, pero no salió por miedo a contagiar (sabía que era seguro) pero no salió por miedo, un miedo que nunca había sentido… mañana saldría… o pasado.

Persistía algo de dolor de tórax, pérdida de olfato y había aparecido una situación rara, difícil de describir, los pensamientos eran lentos, confusos, tenía olvidos.  Había leído durante su aislamiento de la niebla mental post covid, pero a él no, no podía estarle pasando esto. Le costó retomar su actividad normal, la niebla duro un tiempo, pero ya había terminado, lo había superado, pero no del todo ileso. Había sido difícil, además de la infección y la tormenta de citoquinas, había enfrentado una tempestad de sentimientos, tristeza, soledad, dolor, fiebre, ansiedad, desesperanza, pérdida, confusión, muerte y soledad infinita, había que volver a empezar.

*Ganador del 1º Premio Literario 2021

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DESDE ADENTRO

*Por Alejandra Serrano

Difícil que llegue, no creo que llegue a la Argentina, menos aún a Salta, estamos muy lejos…. pero por las dudas estemos preparados.

Pero me equivoque, llegó. Cuarentena, aislamiento, distanciamiento social, barbijos, alcohol en gel… soledad.

De golpe comenzamos a preparar camas, ropas descartables, barbijos, todo para el COVID; de golpe quedábamos unos pocos, la cantidad de trabajo nos superaba, ahora éramos un equipo de trabajo, sin distinción de profesión, cargo, conocimientos, títulos. Todos tirábamos para un solo lado, no pensábamos que era lo que nos correspondía o no, si lo que hacíamos era nuestra función o no, solo queríamos poder dar respuesta a la situación sanitaria que, sabemos, estaba llegando.

En pocos días salas llenas de pacientes con COVID, tubos de oxígeno, ropa descartable, desinfección, charlas, capacitaciones, muertes llegaron a ser parte común de nuestra jornada laboral.

Recuerdo un día, no se la hora ya que todo parecía igual, hubo un brote de contagios en la sala de Terapia Intermedia. De a uno los empezaron a aislar. Recuerdo una enfermera haciendo curaciones en una habitación, entraba y salía, tenía mal aspecto, su cara delataba el cansancio, la preocupación y algo más.

Me acerco a Ana, personal de maestranza de la sala quien llorando me cuenta que era horrible lo que estaba pasando, que se estaban yendo todos con síntomas, que la enfermera que yo estaba observando estaba esperando su relevo para poder retirarse ya que la habían aislado. El llanto de Ana mostraba su miedo, su temor porque sabía que en cualquier momento le tocaba a ella…. y así fue. Unos días después Ana se fue con síntomas de COVID.

Los días y meses que siguieron fueron de mucho dolor, muchas ausencias, muchas perdidas. Ya no había casi personal trabajando en el hospital, éramos pocos y algunas caras desconocidas que habían venido a colaborar.

Las historias contadas cada día se iban agravando, cada una de ellas nos tocaba de alguna forma muy de cerca. Nuestras mentes no estaban listas para tanto dolor, desesperación, angustias y miedos. Sabíamos que estábamos en el ojo de la tormenta de un virus desconocido, de un enemigo que de un día para otro podía llevarse un familiar, un compañero o a uno mismo. Y así fue, el COVID se llevo a Mirta, a Osvaldo, el hermano de, la mama de, el marido de, cada uno de ellos provoco mucho silencio y dolor en el Hospital.

Seguro siempre estarán en nuestras memorias como los héroes que se fueron durante la pandemia.

No queríamos volver a casa, sabíamos que podíamos contagiar a nuestros hijos, a nuestras familias. Quedarnos 12 o 14 horas en el Hospital era lo normal en esos días; y lo preferíamos así.

Una tarde me encuentro con un compañero, personal de limpieza de UTI – COVID:

  • Como esta todo? le pregunto

–        Esto es horrible jefa, me responde, no pensé nunca vivir algo así. Se mueren uno tras otro.

  • Querés tomarte unos días , pregunté.
  • NO, voy a seguir acá, ayudando en lo que sea útil, respondió.

La tristeza de su mirada mostraba angustia, tristeza y dolor.

Marta me cuenta que por esos días ella estaba trabajando en UTI – COVID, limpiando, que fue increíble lo vivido, que recuerda que cuando un paciente covid partía, las caras de desilusión, fracaso, de dolor de los médicos y enfermeras eran muy difíciles de olvidar,  ver a los médicos, todos niños grandes, recién recibidos, pasando por una situación que nunca,  durante toda su vida universitaria pensaron que podían llegar a pasar y que en ninguna materia se les había enseñado a como no sufrir con cada pérdida, con cada desenlace fatal, como explicarle a cada familiar que ya no volverían a ver a su ser querido era muy doloroso.

Retumban en mi mente las palabras que sonaban todo el día “ Ale, urgente, limpieza de unidad, una señora espera urgente la cama en UTI, esta esperando en la carpa del SAMEC”, “ Ale cuídate, ponete barbijo, usa alcohol, ponete la cofia…”

Y así…viendo desde la ventana como algunos compañeros salían, y otros no, viendo en los ojos de cada trabajador, de cada enfermero, de cada mucamo, cada técnico, cada fisio, el miedo, la angustia, el cansancio, el dolor, pero el gran compromiso y amor por nuestra profesión y por nuestro Hospital pasaron los meses, pasaron historias, risas y llantos.

Nos fuimos acostumbrando al puñito, al codo, a no vernos las caras, ver solo nuestros ojos y al distanciamiento. Fuimos aprendiendo a trabajar en equipo, a comprender que somos todos uno, que todos necesitamos de todos, que somos un  equipo de salud, y que gracias a eso saldríamos adelante.

De a poco comenzaron a volver, de a poco se empezaron a llenar los pasillos, de a poco los sonidos naturales del hospital volvían, todos mis compañeros retomaban sus tareas, todos con más historias, más anécdotas y más consejos.

Pero solo los que estuvimos en el campo de batalla, dentro de esta guerra donde nuestro enemigo era desconocido, donde no sabíamos contra quien luchábamos, donde no sabíamos si al final de la jornada volveríamos a casa, cada uno de los que estuvimos allí podemos entender lo que es la pasión por nuestro trabajo, el trabajo unificado, el mirar todos para un mismo horizonte, sin importar ningún tipo de diferencias ni de posturas.

Y yo hoy puedo dar gracias a Dios, por darme la gran oportunidad de haber podido contar algo de lo vivido, desde adentro.

*Ganadora del 2º Premio Literario 2021